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“Egipto… Un país de contrastes, donde las ruinas y las sombras desafían al tiempo, ruinas y sombras que a su vez proyectan el testimonio de un pasado esplendoroso, pero extinguido. Caminatas interminables sobre un océano de fuego permanente, donde la arena todo lo cubre, donde el Nilo es sin duda la expresión misma de la vida y donde los hijos del Islam sacian su sed para después dirigir sus plegarias hacia la Meca. Egipto, un parque arqueológico sofocado por su propia mitología. Visitantes occidentales en busca de lo arcaico y exótico, una tierra aparte llena de restos simbólicos. Viajar a Egipto siempre ha sido viajar a la epopeya de la propia creación. En Egipto uno puede sentirse aplastado por la monumentalidad del pasado faraónico, flotar suavemente por el río eterno y meditar sobre el flujo y reflujo del tiempo”. (celsovernon)

 

El antiguo pueblo egipcio se nos presenta como portador de una civilización superior. En el mismo periodo en que los pueblos de la tierra salían lentamente de la edad de piedra, dando vida a primitivas culturas de nivel semejante en otro sitios del planeta, el pueblo egipcio nace ya adulto y muy pronto traspasa las barreras de las posibilidades del hombre de seis mil años, casi en virtud de experiencias vividas en un mundo de extraordinario adelanto.

 

En la tierra bañada por el Nilo, empieza a gestarse una experiencia irrepetible, que en pocos siglos alcanza un desarrollo vertiginoso y crea obras artísticas y científicas muy superiores a las posibilidades de su tiempo. La construcción de la Gran Pirámide o Pirámide de Keops –Khufu, cuando aun no se trabaja con el hierro, ni se conocía la rueda, sigue siendo todavía hoy, inexplicable. Mas aun es el desconcierto, si pensamos que, ya antes de elevar la Gran Pirámide, los antiguos egipcios habían desarrollado técnicas que les permitían encauzar las riadas del Nilo a lo largo de miles de kilómetros, dando así fertilidad a la tierra con el cieno del río y transformando el acre desierto, en un hábitat deseado. Si consideramos las etapas de desarrollo de los otros pueblos, algunos de los cuales quedaron detenidos en el periodo neolítico, nos damos cuenta de que el pueblo egipcio se anticipo en dos mil años de historia, y este impulso fue de tal fuerza que duro incluso a distancia de cinco mil años.

 

Las “armas” usadas en esta colosal “conquista” fueron el agua y el fuego, es decir, el Nilo y el Sol, “armas” con las que el pueblo egipcio supo forjar, labrándolas adecuadamente, para que la destrucción sembrada por el agua y el sol, se volviese propicia a sus deseos para la fertilidad de la tierra, para la vida misma de Egipto. Egipto no es la tierra prometida, es la tierra creada por el hombre día tras día, año tras año, en una obra que se renueva sin fin y donde se confunden hombres y dioses. Los dioses están entre los hombres, su rostro es el mismo rostro del hombre, o el de los animales, que los rodean, esta unión es infinita, como infinitos son los rayos del sol. En cada parte de la tierra de Egipto están el agua y el sol, la muerte y la resurrección la esencia humana y la esencia divina.

 

Nosotros, los hombres de esta era, los humanos del año dos mil d.C., podemos todavía volver a hallar ese inefable equilibrio entre la vía del Agua y la vía del Sol, si nos dejamos mecer por las aguas que bajan desde el Alto Egipto, abandonándonos en una embarcación de vela. Podemos todavía hallar ese puente invisible que nos liga a las fuentes de nuestra historia, experimentar también nosotros la profunda emoción que embargaba a los antepasados cuando cinco mil años atrás, escuchaban el canto que se levantaba, al comienzo del año, con la crecida del caudal del Nilo:

 

“¡Ven agua de la vida que brotas del cielo!

¡Ven agua de la vida que brotas de la Tierra!

El Cielo arde y la Tierra se estremece ante la llegada del Gran Dios.

Las montañas, a Occidente y a Oriente, se abren;

El Gran Dios aparece,

El Gran Dios se apodera del cuerpo de Egipto.”